Cada año, miles de niños no acompañados solicitan asilo en los países industrializados, aunque a pocos se les otorga el estatuto de refugiado.
Muchos pasan a la clandestinidad. ¿Quién es el responsable?
“El puerto atrae a los ilegales que van al oeste.» «Detenidos 29 ilegales de camino a Gran Bretaña. » «Ciudadanos de Sri Lanka engañados rechazan el estatuto de refugiado.» Muchos periódicos occidentales de hoy en día muestran titulares parecidos, advirtiendo sobre el aumento en la inmigración clandestina o sobre los «falsos» refugiados. Pero, entre tanto alarmista —y la corriente negativa de opinión pública que invariablemente generan —, se esconde el hecho de que muchos de estos huéspedes sin invitación son niños, a veces solos y a menudo huidos de guerras y persecuciones.
Pocos obtienen algo parecido a la atención oficial y periodística que rodeó al telegénico niño cubano Elián Gonzalez, después de que su madre se ahogase intentando escapar de la isla y unos familiares anticastristas intentaran retenerlo en Estados Unidos el año pasado.
Casi nadie pestañeó, por ejemplo, cuando se encontró a 16 niños no acompañados afganos tiritando entre un grupo de adultos que intentaban infiltrarse por la frontera oriental de Austria poco después de las Navidades de 2000. O cuando un grupo de niños somalíes aterrizaron en el aeropuerto de Zurich y pidieron asilo. El caso de un niño de la calle nicaragüense de 16 años, al que recientemente se le ha concedido asilo en Arizona después de andar miles de kilómetros solo hasta Estados Unidos, pasó en gran parte inadvertido.
El Servicio de Inmigración y Naturalización de EE.UU. no es capaz de decir cuántos niños no acompañados, como el vagabundo nicaragüense, solicitan asilo cada año; no hacen esa clase de estadísticas. Otros gobiernos occidentales se encuentran en una situación parecida. Reconocen que existe un «problema» en torno a los niños solicitantes de asilo, pero con frecuencia no pueden determinar su magnitud.
Incluso cuando se dispone de información, ésta no es necesariamente fiable, ya que suele ser difícil saber la edad de un niño, y un niño o una niña que parece «acompañado» cuando llega puede, de hecho, estar con adultos que ni desean ni pueden hacerse cargo de los jóvenes (por esta razón, el ACNUR y muchas otras agencias prefieren usar el término «niños separados»).
Con todo, está claro que un gran número de estos niños solicitan asilo en los países industrializados y que los gobiernos apenas dan abasto. Dudan entre las medidas de control severas, incluyendo encerrar a los niños en la cárcel, pasarlos por rayos x para calcular su edad o embarcarlos de vuelta a un tercer país «seguro», y los esfuerzos serios por cuidar de los jóvenes según el espíritu del Artículo 22 de la Convención de 1989 sobre los Derechos del Niño, que exige a los firmantes ofrecer una protección y ayuda adecuadas a los niños, tanto si están solos como con sus familias.
Durante 1999, el año más reciente sobre el que se dispone de algunas cifras, más de 20.000 niños separados solicitaron asilo en Europa Occidental, Norteamérica o Australia. Es sólo una pequeñísima fracción de los que fueron desalojados de sus hogares a nivel mundial por la violencia y las persecuciones. Los expertos calculan que la mitad de los refugiados y desplazados del mundo son niños, y que a lo largo de la pasada década más de dos millones murieron en distintos conflictos.
Mientras que sobre el papel los derechos de los niños son casi universalmente reconocidos (sólo dos países no ratificaron la Convención de 1989 sobre los Derechos del Niño), aún padecen numerosas formas de persecución, como la mano de obra infantil, la violación, la mutilación genital femenina, el alistamiento forzoso en el ejército, o se ven forzados a ser testigos de la tortura o ejecución de sus padres o hermanos mayores.
No es sorprendente, por tanto, que los padres intenten enviar a sus hijos a un lugar seguro, o que los niños intenten escapar por su cuenta. En fechas tan tempranas como 1938 y 1939, 10.000 niños judíos alemanes y austríacos se libraron del holocausto mediante el legendario kindertransporte: sus padres les subían a bordo de trenes y barcos hacia Inglaterra.
Actualmente es un hecho bastante aceptado que los niños pueden ser refugiados por derecho propio. En 1996, la Junta de Inmigración y Refugiados de Canadá emitió unas Directrices sobre Niños Refugiados Solicitantes, las primeras que publica un país con sistema de identificación de refugiados. Dos años después, el Servicio de Inmigración y Naturalización de Estados Unidos publicó sus propias Directrices para Solicitudes Infantiles de Asilo. Ambas reconocen que los niños pueden experimentar las persecuciones de manera distinta a los adultos, y que los procedimientos para decidir el estatuto deben poseer una sensibilidad especial hacia los niños.
Los destinos más favorables para los niños separados que solicitan asilo se encuentran en Europa Occidental, especialmente en los Países Bajos, los países nórdicos y Suiza. Una iniciativa reciente del ACNUR y la organización Save the Children ha dado como resultado el Programa de Niños Separados en Europa, una red de agencias no gubernamentales que trabaja con niños de 28 países. Una de las mayores preocupaciones de esta red es que, aunque algunos de estos niños son realmente refugiados, otros son víctimas de los traficantes, que los traen a los lucrativos mercados europeos para trabajar como prostitutas o mano de obra barata.
Casi ningún país dispone de un sistema establecido para resolver este problema. Los agentes canadienses reconocen abiertamente que nunca le prestaron mucha atención hasta el verano de 1999, cuando cerca de 130 niños chinos llegaron, sin sus padres, en cuatro barcos hasta la costa oeste del país. A pesar de que el ACNUR publicó unas directrices sobre los principios y los procedimientos para tratar a los niños no acompañados solicitantes de asilo en 1997, algunas de sus recomendaciones más básicas siguen sin tenerse en cuenta.
Estas directrices señalan las cuestiones que deben abordar los gobiernos y las agencias de asistencia infantil. La más básica es la definición de un niño «separado » como alguien menor de 18 años, fuera de su país de origen y sin padres u otros protectores legales o habituales que lo cuiden o protejan. Aunque parece algo muy concreto, estos niños suelen llegar con documentación falsa o sin ningún tipo de papeles. Muchos no quieren o no pueden decir su edad.
Las autoridades, poco dispuestas a que las «engañen» para dar un trato especial a adultos que se hacen pasar por niños, suelen dedicarse a demostrar —mediante rayos x, exámenes dentales u otras técnicas— que los solicitantes son mayores de edad. Pero estos cálculos, incluso si son seguros para la salud, no agresivos y culturalmente apropiados, sólo son aproximados en el mejor de los casos, pudiendo haber niños a los que se niegan las medidas especiales a las que tienen derecho si son incorrectamente identificados como adultos.
En Suiza, donde 1.775 solicitantes de asilo en 1999 aseguraban ser menores de 18 años, la Comisión de Apelación de Asilo optó recientemente por dejar de hacer rayos x de los huesos para determinar la edad, después de que los expertos advirtiesen que el margen de error puede ser muy grande.
Aunque el ACNUR pide a los gobiernos que no encarcelen a los niños solicitantes de asilo, muchos lo hacen. Pocos admiten que se practica como una medida disuasoria; algunos sostienen que es por la propia seguridad del niño, para protegerlo de los abusos de los traficantes.
En 1999, el Servicio de Inmigración y Naturalización de EE.UU. declaró que había detenido a 4.600 niños no acompañados, muchos de los cuales solicitaban asilo. En Austria, donde durante muchos años los niños eran detenidos por rutina, el Ministro del Interior emitió unas instrucciones en octubre del 2000 para mejorar las condiciones de detención, permitiendo a los menores recibir al menos ayuda legal.
Mientras que sobre
el papel los derechos
de los niños son casi
universalmente
reconocidos,
aún padecen muchas
formas de persecución.
