Madre, desde tu umbral presentí como cambiabas por mi llegada en ti. A veces risueña, otras incómoda mientras me expandía a mis anchas en tu interior y tú mordías tus labios y no precisamente de placer. Rasgué tus entrañas para proporcionarte felicidad y no se de quien fueron más profundas las lágrimas; las mías o las tuyas. Me cobijaste de bienaventuranza y confortaste mi existencia con tus abrazos.
Ahora que estoy y mi futuro es incierto; protégeme con tu cariño; no dejes que mis días se pierdan en medio del temor, la nada, lluvia, sol, hambre y ser vagabundo sin licencia. No permitas que me titulen “Niño de la calle” si puedo tener toda una ciudad para mí y un techo donde soñar, donde ser feliz.
No pedí venir a un mundo en el que me siento extraño… de donde vengo, no hay sufrimiento, flotamos en sueños cubiertos de algodón de azúcar, caramelos y mucho cariño. Ahí no hace frío. Me alimento con abrazos en una tierra en donde nunca es de noche y puedo mirar las estrellas a plena luz del sol. Somos elegidos para ser amados de verdad; para contemplar el extremismo de un mundo en donde los humanos son reales y aman.
Nunca conocí los ojos de mi padre, ahogo mis días eternos en desventura y mi profesión es degustar comida empacada de segunda mano y embriagarme con un olor penetrante que no es perfume; me aturde, me encanta y me hace recordar los días en que soñando vivía feliz.
Pronto partiré a mi tierra en donde ya no soy más que un alma desamparada, no tendré que adivinar si es de día o de noche, dormir en aceras, contenedores o mojarme bajo la lluvia; pero, qué hago cuando me pregunten como son los humanos?… No diré nada; callaré; al menos sabrán que viví en un mundo real… mis manos manchadas y las lágrimas en mis ojos serán la prueba palpable de mi pesadilla.
